7 años de costumbre
Nunca le he contado esto a nadie pero cargo a cuestas un amor no resuelto. Un amor silencioso y privado que ya no existe y que nadie supo que existió. Un amor que no acabé yo, que no se me acabó. A ve- ces siento ganas de llorarla y no puedo. He tratado de hacerlo por otra cosa, lo que sea: por una película, por una canción, por los dolores de por ese video de YouTube en el que un novio pide matrimo- nio con una comparsa al ritmo de una canción de Bruno Mars, por la foto de un gato muerto. Pero no sirve. No lloro. No la lloro y presiento que es una mala señal, que las lágrimas se acumularán vertiginosamente escondiéndose en alguna parte de mi cuerpo, tal vez en el codo o en el dedo pequeño del pie. Tal vez en la mitad de un recuerdo o en la parte de arriba de la suma de todos mis dolores. Quizás un día, cuando me golpee el codo con una puerta o cuando mi dedo pequeño del pie se reviente contra la esquina de la cama, lloraré como si no hubiera mañana. Me tiraré al suelo a ll...